Salud mental. Si el amor fuera fácil, no existirían las canciones.
Salud mental. Si el amor fuera fácil, no existirían las canciones.
Estas líneas están inspiradas en una iniciativa que hemos tomado desde nuestro Equipo de salud mental junto con Fundación Medife: auspiciar la obra de teatro Qué gran invento el amor, durante los meses de setiembre y octubre, en la sala Dumont 4040. Una comedia que, inspirada en el psicoanálisis, recorre con humor, música y canciones, escenas en las que todos alguna vez nos reconocemos. Porque amar nunca viene con instrucciones y, sin embargo, seguimos insistiendo (por suerte). Esta obra pone en escena algunas preguntas y cuestiones que nos parecen interesantes para reflexionar en esta época: ¿por qué el amor es una invención? ¿nos sirve el humor como un modo de tratar lo que no cierra? ¿Qué pasa con los encuentros hoy y por qué eso es algo que nunca puede calcularse de antemano?
Empecemos por el amor: nos hace hablar, siempre, y sin embargo, nunca terminamos de saber muy bien qué es. Quizás por eso existen las canciones, el teatro, la literatura, el humor… y también el psicoanálisis. Modos diversos para hablar del amor.
También la música conoce ese secreto. Una canción de amor no explica el amor, apenas consigue bordearlo, se aproxima a una cierta idea del amor. Las mejores canciones no nos dan definiciones; ofrecen una experiencia que muchas veces nos queda resonando. Nos hablan de encuentros, despedidas, celos, promesas, silencios... Y sin embargo, cuando terminan, sentimos que todavía queda algo más por escuchar. Tal vez por eso nos conmueven: porque dicen, sin terminar de decir, algo de aquello para lo que a nosotros nos faltan las palabras.
La neurosis suele tomarse todo muy en serio: las pérdidas, los desencuentros, las promesas incumplidas, las palabras dichas de más, nos hacen sufrir. A veces buscamos garantías donde no las hay y, sobre todo, siempre queremos saber si el otro me ama, cuánto y hasta cuándo... Siempre le pedimos al amor una certeza que él nunca prometió.
Frente a tanta solemnidad y seriedad, por suerte, a veces, está el humor. Freud decía que el humor es uno de los grandes triunfos del aparato psíquico: no porque niegue el dolor ni el sufrimiento, sino porque logra decirle: no tendrás la última palabra! El humor nos permite reírnos de nosotros mismos, de los tropiezos y los errores, de los ideales imposibles y de los malentendidos que nos complican la vida. Siempre alivia descubrir que, el humor no elimina el malestar ni la angustia, pero ayuda a no convertirlo en tragedia. Es quizás una de las formas más inteligentes de atravesar aquello que el amor tiene de imposible y de difícil. Tal vez por eso el humor sea tan importante en una pareja, en una amistad o en cualquier vínculo: reír juntos no significa evitar los conflictos sino descubrir que el lazo con el otro puede sobrevivir a ellos. Que no todo desacuerdo exige una sentencia y que reírnos es un modo de restituir aquello que una explicación interminable ha perdido.
Encuentro también en el humor una alternativa frente a cierta tendencia contemporánea a medicalizar los malestares de la vida. No se trata de desconocer el valor de la medicación cuando es necesaria, sino de preguntarnos qué sucede cuando la respuesta al sufrimiento es casi exclusivamente química. Frente a la urgencia por hacer desaparecer lo que incomoda, el humor y el teatro —un invento ancestral— ofrecen otra posibilidad: no eliminan el malestar, y posibilitan hacer algo con él. Ponerlo en escena, compartirlo, pensarlo y, por qué no, reírnos juntos de eso que tanto nos cuesta vivir. Quizás de eso se trate cuando vamos al teatro: reunir dos inventos muy antiguos, el teatro y el amor, y agregarles un tercero, el humor, para poder hacer algo con aquello de la vida que ninguna receta termina de resolver.
El psicoanálisis, como la música y las letras, sostienen la falta de definición, no hay certeza, hay aproximación, no apresuran conclusiones, no ofrecen recetas para el amor. El amor no se puede forzar, no hay pociones para el amor -dice Serú Giran-. El misterio queda abierto. No es posible responder a la pregunta qué es el amor con una respuesta universal, lo importante es escuchar cómo cada sujeto inventa su respuesta. Porque el amor nunca llega en estado puro: siempre llega ligado a la historia de cada uno, a sus pérdidas, a sus fantasmas y cargado de aquello que espera encontrar en el otro. Por eso, cómo cada uno ama es -en cierto sentido- una invención.
Qué gran invento el amor. Amar quizás sea eso: inventar una manera singular de hacer algo con lo que no anda, con lo que no sabemos y con aquello del otro que nunca terminamos de comprender. Vivimos en una época que ofrece infinitas formas de conectarnos y, al mismo tiempo, enormes dificultades para sostener un lazo con otro. Hasta los algoritmos prometen encontrar a “la persona indicada”, sin embargo el amor continúa ocurriendo como una sorpresa, se nos escapa al cálculo: una conversación inesperada, una canción compartida, un equívoco, una carcajada.
Por eso esta obra puede ser también una invitación a pensar el amor sin intentar definirlo.
El teatro, el humor y el psicoanálisis comparten esa posibilidad: abrir preguntas allí donde quisiéramos respuestas definitivas. Hablemos entonces del amor, pero no para descubrir qué es, dejemos abierto el misterio.
Porque, después de todo, si ya supiéramos cómo funciona, no sería un invento.
Mariana Trocca
Coordinadora Nacional de Salud Mental de Medifé

